Tantas cosas que decimos cuando todo va bien, o más o menos bien, por que todo bien es imposible; y ahora que? todos confinados en nuestras casas: primero entramos en estado de shock, empiezan las risas nerviosas y, afortunadamente, los toques de humor en las redes sociales (imprescindible para sobrellevar la situación), también empieza el pánico y la idea de apocalíptica del fin del mundo. No estamos acostumbrados a un estado de alarma, sabíamos que figuraba en algún artículo de la pobre Constitución, y ahora se ha rescatado como si de arqueología se tratara. Pero ahí está, y realmente está, porque aquí estamos todos, en casa. Reflexionando sobre esta nueva situación y en mi caso escribiendo en el blog, sin saber muy bien qué decir, pero con necesidad de compartir mis sensaciones (totalmente nuevas).
A los tres días del confinamiento, en teoría, empieza el período de adaptación; y si esto se prolonga, podría ser que empezara algo parecido al  Síndrome de Estocolmo (denominación que surgió en 1973 a raíz de un secuestro en una entidad bancaria, donde los rehenes se adaptaron a la situación y establecieron vínculos con los secuestradores); en nuestro caso, puede tratarse del Sindrome del Hogar o algo así, que nos acostumbremos a estar entre cuatro paredes, pero con los nuestros, con nuestros hijos, nuestros cónyuges, en definitiva, nuestra familia. Es una situación “forzosa” que nos obliga a re-situar nuestras relaciones familiares, el contacto es más cercano, los tiempos son más largos, donde  se rescatan aquellos juegos ya guardados y olvidados, o se inventan otros nuevos; es el momento de volver a compartir con los que más queremos, con los que, en definitiva, nos mantienen atareados en la vida normal, fuera del confinamiento; ya que por ellos lo hacemos. Salud para todos y que esto sea leve.